Hay un problema que
es difícil de aceptar: cuando nos relacionamos con otros y llegan las desavenencias,
los retos difíciles, las disputas, de todo eso no tiene sólo la culpa una
persona, la tienen las dos.
La vida es algo muy serio, y lo que los vulgares y superficiales dicen y creen,
no tiene ningún valor. Nosotros siempre queremos sacudirnos la responsabilidad
por vivir, por estar vivo. En la vida es como cuando vamos al cine, o a ver
algún espectáculo, hemos de pagar por estar allí.
Y la vida también tiene su precio: que los otros nos quieren destruir, y
nosotros a ellos también, de manera que hay que bregar, estar completamente
atentos a todo lo que sucede, tanto dentro como fuera de nosotros.
Los superficiales se lo ponen muy fácil: la culpa, la responsabilidad con
respecto de los problemas, es del otro. Pero eso no soluciona el problema de relación,
si no que lo complica más. Pues la defensa de algo absurdo, irreal, medio
demente, de que uno tiene toda la razón, y el otro no, ha de conseguirse con
más brutalidad, más indolencia.
Ahora si lo pasamos al ámbito de las naciones, de los bloques, de las
religiones, ya tenemos el cuadro completo: como nadie -ninguna nación- quiere
perder ha de imponerse por la violencia y la guerra.
El drama es que para no seguir con ese paradigma de la guerra, ha de haber un
cambio radical, se ha de descartar la vieja, la egoísta, insensible, manera de
vivir.
Un dato: en España hay trescientos mil pisos cerrados. Y hay varios millares de
personas que no tienen ningún sitio para ir a descansar ni dormir y lo hacen en
la calle. ¿Por qué los dueños de esos pisos no los ceden a los que no tienen
nada? ¿Por qué el gobierno no hace lo necesario para cumplir con el mandato
constitucional de proveer a cada ciudadano una vivienda? No lo hacen porque no
quieren perder. Y si ceden pierden el valor de la vivienda, pierden el salirse
con la suya. Y entonces al ganar unos pierden los otros.
es difícil de aceptar: cuando nos relacionamos con otros y llegan las desavenencias,
los retos difíciles, las disputas, de todo eso no tiene sólo la culpa una
persona, la tienen las dos.
La vida es algo muy serio, y lo que los vulgares y superficiales dicen y creen,
no tiene ningún valor. Nosotros siempre queremos sacudirnos la responsabilidad
por vivir, por estar vivo. En la vida es como cuando vamos al cine, o a ver
algún espectáculo, hemos de pagar por estar allí.
Y la vida también tiene su precio: que los otros nos quieren destruir, y
nosotros a ellos también, de manera que hay que bregar, estar completamente
atentos a todo lo que sucede, tanto dentro como fuera de nosotros.
Los superficiales se lo ponen muy fácil: la culpa, la responsabilidad con
respecto de los problemas, es del otro. Pero eso no soluciona el problema de relación,
si no que lo complica más. Pues la defensa de algo absurdo, irreal, medio
demente, de que uno tiene toda la razón, y el otro no, ha de conseguirse con
más brutalidad, más indolencia.
Ahora si lo pasamos al ámbito de las naciones, de los bloques, de las
religiones, ya tenemos el cuadro completo: como nadie -ninguna nación- quiere
perder ha de imponerse por la violencia y la guerra.
El drama es que para no seguir con ese paradigma de la guerra, ha de haber un
cambio radical, se ha de descartar la vieja, la egoísta, insensible, manera de
vivir.
Un dato: en España hay trescientos mil pisos cerrados. Y hay varios millares de
personas que no tienen ningún sitio para ir a descansar ni dormir y lo hacen en
la calle. ¿Por qué los dueños de esos pisos no los ceden a los que no tienen
nada? ¿Por qué el gobierno no hace lo necesario para cumplir con el mandato
constitucional de proveer a cada ciudadano una vivienda? No lo hacen porque no
quieren perder. Y si ceden pierden el valor de la vivienda, pierden el salirse
con la suya. Y entonces al ganar unos pierden los otros.
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