Lo
sagrado que tiene la meditación es que puede ser en cualquier
momento y en cualquier lugar. La meditación se la asocia a algo
misterioso, de un lugar extraño y apartado, solitario, cuando eso
solamente es fruto de la casualidad.
Pues
la dicha de la meditación sólo necesita que no haya división entre
lo que vemos, lo que estamos haciendo y nosotros.
Uno
puede estar en lugar donde hay música, nada en especial, y aparecer
el éxtasis como un chorro de un puro manantial, que todo lo invade,
puede hablar o hacer cualquier cosa habitual, cotidiana, pero eso que
es lo más sagrado estará ahí.
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